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Entrevista a Dominique Perrault

TEXTO ARTURO PERIS | FOTOGRAFÍA BORJA SÁNCHEZ TRILLO

Entrevista realizada para el número 3 (Enero-Marzo de 2010) de la revista Ars Magazine

 

«La parte buena de la crisis es que nos obliga a reflexionar»

 

El Centro Georges Pompidou de París poseía hasta hace muy poco una exclusividad sorprendente: sólo había realizado exposiciones de arquitectos fallecidos o que hubieran ganado el prestigioso premio Pritzker. El pasado año, Dominique Perrault (Clermont-Ferrand, 1953) se convirtió en la primera excepción a esta regla no escrita. Una excepción que le ha permitido demostrar que hay vida más allá de la Biblioteca de Francia, aquel concurso ganado con tan sólo 36 años que ensombreció, con su protagonismo, el intenso trabajo desarrollado posteriormente.

  

HABLA CON ROTUNDIDAD, precisión y una contenida emoción. Hilvana los pensamientos con voz musical acompañada de una coreografía de gestos. De vez en cuando se ajusta ligeramente una liviano pañuelo de gasa, única prenda azul que resalta sobre el negro de su vestuario. Continúa teniendo una energía envidiable, a pesar de la patente delgadez que ahora tiene. Sus primeras palabras hacen referencia al Centro Olímpico de Tenis.

 

— La idea del proyecto ha consistido en crear un lugar, no un edificio. Lo que he tratado de lograr ha sido mejorar la relación de Madrid con su propio paisaje, es decir con la naturaleza del lugar: las zonas de parque, el Río Manzanares, el espacio abierto y esas vistas tan amplias con sus pequeñas elevaciones del terreno.

— Un proyecto que se ha convertido en un icono del tenis mundial

— Este proyecto no es sólo una construcción para jugar al tenis, es algo más complejo, porque el tenis es una cosa bastante básica. Digamos que este Centro Olímpico ha sido ideado para organizar grandes torneos y que la ciudad de Madrid pueda presentar la Caja Mágica como uno de los elementos importantes de su candidatura olímpica.

— ¿Sólo eso?

— Además es un proyecto de transformación, de recalificación de un barrio abandonado. Un barrio difícil, contaminado y con problemas sociales. Tiene una dimensión política y social que sobrepasa la magnitud de la construcción de un estadio deportivo.

— ¿Cómo surgieron los primeros bocetos?

— El proyecto surgió de un diseño muy simple, una línea delgada con un pequeño edificio que iba a servir de intercambiador entre el distrito de Usera y el parque. Una pasarela muy esbelta que conecta con un cuadrado. Y ya está: un cuadrado que es en realidad una Caja Mágica.

—¿Y porqué la ha llamado así?

— ¡Buena pregunta! Y la respuesta es que el edificio tiene magia porque está ideado como un objeto que cambia. Obviamente cambia porque hemos creado una serie de cubiertas que se mueven, se deslizan... pero no solamente por eso. La Caja Mágica no tiene muros, sólo tiene cortinas. Hemos desmaterializado el edificio mediante grandes superficies de tela metálica.

— Haciendo que sus fachadas sean transparentes por completo

— No totalmente. Algunas zonas son más transparentes que otras. El sol incide de modo distinto sobre cada fachada produciendo una gran variedad de brillos y diversos grados de transparencia.

— Su intervención en la capital es uno de los proyectos que tiene en nuestro país pero también tiene preisto reiniciar las obras de la playa de Tenerife, ¿de qué manera piensa hacerlo?

—Las Teresitas trata de poner en evidencia el proceso natural de una naturaleza artificial, puesto que esta playa no es natural. Fue fabricada en los años setenta como un edificio con infraestructuras. Y el proceso de intervención que hemos propuesto consiste en no construir nada sobre la playa. Al contrario, lo que pretendemos es duplicar la superficie de arena y multiplicar las plantaciones. Queremos desarrollar de una manera mucho más importante todo lo que tiene la playa de artificial, que es la más popular de Santa Cruz de Tenerife.

— En las islas hablar de espacio natural es tratar un tema tabú…

— Efectivamente, por eso es tan interesante. Hemos procurado analizar a fondo la cuestión de la Naturaleza, pero con otra óptica. Cuando contemplamos este lugar pensamos que se trata de un maravilloso conjunto paisajístico. Y es verdad. Es un espacio que habla de la Naturaleza aunque no sea natural.

— Madrid, Barcelona, Tenerife, León... ¿Cómo comenzó su relación con España?

— El año noventa y siete recibí el Premio Mies van der Rohe. Y a raíz de este premio, poco después, empecé a dar clases en Barcelona como profesor invitado. En aquel momento fue cuando recibí una oferta del entonces alcalde de la ciudad, Joan Clos, para convertirme en asesor del ayuntamiento para los proyectos de desarrollo urbano.

— Y comenzaron a llegar los encargos

— Sí, el primero de todos fue el Hotel, precisamente en Barcelona, que ya está terminado. Y en estos momentos, después de inaugurar el Centro Olímpico de Tenis me encuentro trabajando en un nuevo puente para el Manzanares y en el Centro de Congresos de León.

— El proyecto de León es una enorme cubierta realizada completamente con paneles fotovoltaicos. ¿Se va a mantener así en la versión definitiva?

— Es posible. Todo depende de la cuestión económica porque la verdad es que la cubierta tiene una superficie enorme. Finalmente habrá que llegar a un equilibrio entre las necesidades reales de suministro eléctrico y el gasto que eso supondría.

— El mundo se encuentra en una gran crisis. ¿Qué tiene de bueno esta situación?

— La parte buena, no solamente en esta crisis sino en todas las que nos podamos encontrar, es que nos obliga a reflexionar.

— ¿Reflexionar implica también cambiar?

— Lo que ha ocurrido con la crisis ha sido la desaparición de todo ese dinero fácil. Es decir, del dinero que no corresponde a una realidad histórica, a un trabajo real. Existe una parte de la crisis bastante moralizante que nos gustaría evitar, pero que nos sitúa frente a nuestras responsabilidades. Sobre todo frente a las obligaciones de la parte de la sociedad que controla todos esos movimientos de dinero. O mejor dicho, que controlaba.

— La crisis ha afectado incluso a los arquitectos más importantes. Foster, por ejemplo, ha tenido que reducir su plantilla en cuatrocientos empleados. ¿Cómo le ha afectado la crisis a Dominique Perrault?

— En España, por ejemplo he tenido que reducir el estudio.

— ¿Sigue teniendo proyectos en Francia?

— Estamos teniendo muchísimos problemas con los promotores privados. Con la administración pública, en cambio, seguimos teniendo encargos. Son proyectos grandes, que van muy lentos pero que nos dan bastante continuidad. Pero los proyectos privados...

— Algún pensador francés, hablando de la crisis, criticaba duramente el urbanismo de las ciudades satélite, aquéllas donde han quemado coches…

— Me parece una crítica un poco burguesa. Pienso que no es cierto que las diferentes experiencias en el urbanismo de Francia hayan sido un fracaso.

— Le veo optimista

— No, no es una cuestión de optimismo. Es una cuestión tremendamente pragmática. El proyecto de crear alrededor de París cinco ciudades nuevas es, en principio, excelente. Hoy estas poblaciones están completamente incorporadas al territorio de la capital. Así que no es un fracaso. Tampoco es, probablemente, un éxito desde el punto de vista social, por distintas razones y, en particular, por motivos políticos, porque no ha habido un acompañamiento de este gran proyecto de transformación del territorio por parte de los gobernantes. Es como la cuestión de las grandes ciudades dormitorio, efectivamente hoy tienen dificultades, pero cuando fueron construidas había una gran demanda de alojamiento. Fueron un éxito, después los políticos las han abandonado.

— Volvemos a las responsabilidades políticas

— Es importante que haya permanentemente un proyecto político que se interese por el desarrollo de la ciudad. Cómo se transforma la metrópoli, cómo evoluciona y cómo puede vivir la población entre sus muros. Si no existe ese proyecto, comienzan los problemas.

— Pero este apoyo político necesita de fuertes inversiones financieras.

— En la actual crisis lo que hay que reivindicar es que el hecho de que no haya dinero para construir no implica que no lo haya para reflexionar. Al contrario, el movimiento debe ser el de invertir en la reflexión, los estudios, la investigación. Sobre todo en aquello que va a permitirnos alimentar el futuro que vendrá después de la crisis.

— Parece que Nicolás Sarkozy le estuviera leyendo el pensamiento con su proyecto para el Gran París. ¿Podría darnos su visión del proyecto?

— Por supuesto. De hecho formo parte del comité científico que está llevando a cabo el estudio. Estoy trabajando muy estrechamente con el presidente. Realmente este proyecto ha sido una gran idea. Sobretodo porque no está basada sólo en arquitectura o infraestructura, ni siquiera en el paisaje o en la política social.

— ¿En qué se basa entonces?

— Es más global y para mí el punto mas importante es que me está permitiendo desarrollar un proyecto: presentar una idea desde cero, organizar el debate, preparar una exposición para el gran público. Lo que estoy tratando de provocar es, en primer lugar, un acercamiento conceptual a la ciudad. Y una vez que esto esté claro hablaremos de muros, problemas políticos y sociales, situación económica etc. Normalmente el proceso suele ser al contrario. Se empieza trabajando con el programa, el presupuesto y el lugar.

— ¿Cuándo empezaremos a ver los resultados?

— Estamos hablando de un proceso que tardará en completarse unos veinte años. Hemos creado un equipo internacional y queremos que sea un proceso muy abierto. Queremos que la gente trabaje de cara al futuro, y ya estamos en camino.

— Usted ha creado una ciudad basándose en tres conceptos básicos: desaparición, vacío y silencio ¿En qué consisten?

— Son dispositivos que han ido apareciendo poco a poco como una solución. Son instrumentos… -Se queda pensativo durante un minuto-. No son un principio ni un fin en sí mismos. Eso no tiene mucho sentido. Son más bien temas que aparecen como soluciones que permiten a la arquitectura aportar respuestas que van más allá de la construcción de los edificios y su diseño. Es decir, son actitudes que abren otros tipos de percepción.

— Retrocedamos veinte años. ¿Qué supuso para usted ganar el concurso de la Biblioteca de Francia?

— Yo tenía solamente treinta y seis años y para mí fue una gran sorpresa. Imagínate, en realidad yo competí en el concurso como un outsider. Me quedé muy impresionado pero a pesar de todo era joven y eso es una gran ventaja. Me puse inmediatamente a trabajar. No tenía excusas porque aunque no tenía apenas experiencia me encontraba totalmente fresco.

— Para el presidente Miterrand la Biblioteca fue su proyecto más mediático. ¿Cómo era su relación con él aquellos años?

— Fue una relación muy, muy confortable. Mis conversaciones con él eran exclusivamente arquitectónicas, en ningún caso hubo una relación de tipo político. Para mí han sido unos momentos únicos y a la vez muy específicos porque hablábamos sobre detalles muy concretos.

— Un arquitecto tan joven no suele tener ese tipo de experiencias

— Si te soy sincero esa época ha sido la mejor de mi carrera como arquitecto, porque el presidente Miterrand dedicó una cantidad enorme de tiempo a aquel proyecto. Tuvimos del orden de veinte reuniones de trabajo durante un periodo de cinco años. Fue fantástico.

— La Biblioteca se convirtió en el gran icono de su mandato

— Él se implicó muchísimo, pero las reuniones tenían un carácter bastante privado. No eran encuentros de carácter político. Íbamos juntos al solar, o venía él a mi estudio a ver los avances. Fue muy especial.

— En una ocasión le oí decir que los edificios públicos deberían ser totalmente gratuitos

— Y creo que lo hemos conseguido. La mayor parte del edificio puede visitarse sin pagar. Creo que es muy importante que se invierta y que se incrementen los espacios públicos. Los edificios institucionales deberían abrirse a la ciudad generando zonas donde los ciudadanos puedan relacionarse. En la Biblioteca hemos logrado que el paisaje se introduzca de algún modo dentro del edificio y que el edificio se expanda también hacia fuera, ofreciéndose a la ciudad. Y todo eso debe ser gratuito. Y luego evidentemente habrá que pagar por asistir a ciertos eventos o por recibir servicios específicos. Pero la mayor parte de los edificios públicos deberían ser de acceso libre. Esa es mi filosofía.

— Una filosofía que no ha cambiado en estos veinte últimos años

— No ha cambiado, sigue siendo la misma. Desde los años ochenta he continuado desarrollando ese tipo de estrategias. El hecho de construir un edificio no debería basarse en una filosofía. Pero físicamente el programa requiere de una estrategia. Y en ese sentido se puede pensar en una arquitectura basada en una cierta estrategia.

— Se podría decir que su filosofía consiste en no tener filosofía, en no basarse en la retórica ni en la ideología. Ni siquiera en las formas

— Exacto. No habría nada más que añadir a lo que has dicho porque así es como pienso.

— Recientemente dijo sentirse más artista que arquitecto. ¿No le parece que la arquitectura está más cerca de la ingeniería que de la pintura?

— Me gustaría aclarar una cosa. Y es que para el proceso de desarrollo de un proyecto arquitectónico, de una ciudad, la sensibilidad es muy importante. En este sentido un arquitecto y un artista son bastante similares.

— Sin embargo arquitectos como Zaha Hadid siguen haciendo arquitectura como una labor puramente plástica. Usted, sin embargo se encontraría más cercano a arquitectos como Jean Prouvé

—Tengo una enorme afinidad con Jean Prouvé. Para él la técnica, el material y el proceso formaban parte de su estrategia de trabajo.

— ¿Cree usted que está cercano el final de la arquitectura-espectáculo?

— Pienso que ha llegado la hora de repensar la arquitectura. Estaría muy bien que pudiéramos imaginar a los arquitectos como constructores de paisajes. De que fuéramos capaces de elevar la arquitectura a un nivel más alto. Creo que nos encontramos en un buen momento para cambiar. Pienso que deberíamos dejar de hablar de diseños. ¡Qué diseño más bonito! ¡Qué diseño más espectacular! Hay que dar un paso atrás y minimizar el diseño. Hace falta más generosidad para ensanchar la propia mirada y abarcar las cosas de un modo más global.

— Y dejar a un lado el mundo de las formas

— Estas arquitecturas-espectáculo son solamente objetos. Es fantástico. Es maravilloso. Podemos seguir imaginando edificios como objetos aislados. Pero yo prefiero pensar en términos de paisaje. Puede ser igual de fantástico pero al mismo tiempo es más sociable, se construye más fácil, es más poético... ¡es más abierto!

— Usted dijo en una ocasión que en España se estaba haciendo la mejor arquitectura del mundo. ¿Qué arquitectos españoles le parecen más relevantes?

— Pues no lo sé. Quizás Alejandro Zaera, Tuñón y Mansilla. No tengo aquí la lista completa. Ábalos y Herreros, Benedetta Tagliabue, Oriol Bohigas, Moneo, Patxi Mangado…, muchos.

— Si menciono a Peter Zumthor, último ganador del Premio Pritzker ¿qué me diría?

— Zumthor es un arquitecto impresionante. Cada una de sus construcciones es una auténtica obra maestra. Ya te podrás imaginar que su arquitectura me resulta muy cercana. Especialmente por la simplicidad, la honestidad, la cantidad de detalles bien trabajados. Es una persona de mucha habilidad y posee un enorme conocimiento de la arquitectura. Para mí ha sido una gran noticia. Puedo sentirme muy optimista.

— Parece que el Pritzker está cada vez más cerca...

— Puede que sí, ya veremos.

— Con todo este trasiego que supone ser tan famoso ¿le queda tiempo para disfrutar de su familia?

— Bueno, al menos mis hijos tienen ya veintiuno y veintidós años, así que ya son bastante mayores. Pero cada vez tengo más trabajo, cada vez tengo que viajar más, tengo que dedicar más tiempo a pensar.

— ¿Alguno de ellos seguirá los pasos de su padre?

— Quién sabe, quizás sí.

— ¿Le queda algún sueño por realizar?

— Me encantaría hacer un museo. Nos hemos presentado a muchos concursos y muchas veces hemos sido segundos pero nunca hemos ganado. Así que espero que alguna vez pueda diseñar uno.

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